Estuve años intentando crear algo que mejorara esta versión patética de nuestras habitación. Ese desorden de ropas sobre la silla del escritorio, no sé porque no tenemos el afán de doblarla y guardarla en el cajón, sino, la costumbre de desvestirnos y tirarla de tal forma que cayera con sensualidad y brutalidad, ahí se iban las historias y problemas del día. Toda esa escandalosa semana amontonada en una silla.
Y nos queda nuestra ventana, claro, aquella llena de colillas de cigarros y vasos con agua a medio tomar. Es gracioso, sabes, que el símbolo literal de nuestra vía de escape sea una ventana, como la segunda puerta de todos los libros y frases de autoayuda.
El televisor que nunca prendemos y cuando lo hacemos es ignorado completamente, el adorno. Parece que no nos interesa mucho tener temas para la sobremesa con los amigos. Siempre nos pasa.
El interruptor de la luz alejado de nuestro alcance, por favor cámbialo y dejemos mis bolsos donde están porque siempre tengo algo repartido por cada uno de ellos que necesito encontrar con prisa todas las mañanas. La cama a medio hacer, somos un desastre, pero es que da igual si a penas llegamos nos revolcamos sobre ella y todo el orden que aparenta se esfuma. No aparentemos que tenemos una hermética vida.